|
En la
gasolinera, la comitiva gira hacia la
izquierda, hacia el viejo puerto. Pasa
frente a la sede del partido del
gobierno y frente a un monumento en
honor de Cuba – y entonces sucede algo.
Alguien
está parado en la calle, es una mujer
extranjera que lleva una cámara
fotográfica. Es norteamericana, y tiene
el permiso para hacer fotografías en el
bolso, un permiso por el que pagó 30
dólares en el Ministerio de Turismo,
situado en un desvencijado edificio
colonial. Los otros 70 dólares deben
corresponder a algún tipo de impuesto
aplicable a los blancos.
Bajo el
decreto número 42, los turistas pueden
tomar fotografías. Pero no hay turistas
en Malabo. Nadie toma fotografías aquí.
Especialmente no las toman del
presidente.
La
comitiva acelera y desaparece tras la
guardia y tras las puertas del viejo
palacio del gobernador.
Sin
embargo, el último vehículo, un jeep
militar, derrapa al detenerse, y da la
vuelta para situarse delante de la mujer
norteamericana. Un oficial salta,
sujetando un arma automática. La
norteamericana sonríe, pero el oficial
no.
La
americana comienza una "enérgica lucha"
con gritos histéricos, mucho movimiento
de los brazos y finalmente llora. Los
soldados llevan pistolas automáticas.
Lanzan a la mujer sobre la parte
delantera del jeep, la cachean y
finalmente la dejan en la calle, pálida
y sollozando. Saldrá del país en el
primer vuelo.
“Esa
mujer fue muy imprudente. Fue algo muy
estúpido. El presidente es especialmente
sensible a las cámaras.” El general
de brigada, Manuel Nguema Mba, ministro
de la seguridad nacional, es un hombre
amigable con mala dentadura y una risa
fácil. Él es la persona a la que
Amnistía Internacional dirige sus
apelaciones. Según informes de la
Comisión de Naciones Unidas para los
derechos humanos, el ministro es
conocido por supervisar las torturas de
sus enemigos políticos. El gobierno de
Malabo cree que torturar a presos no
constituye una violación de los derechos
humanos, porque los presos no tienen
ningún derecho.
El
gobierno de los EE.UU. ha clasificado
durante muchos años el Régimen entre los
que utilizan la tortura para mantenerse
en el poder. De hecho, sólo a partir del
11 de septiembre de 2001 Guinea
Ecuatorial dejó de figurar entre los
estados parias para pasar a ser un
elemento fundamental en la nueva
estrategia petrolera estadounidense.
Algunos meses después de los ataques
terroristas contra Nueva York y
Washington, Walter Kansteiner,
secretario de Estado para Asuntos
Africanos de la administración Bush,
convocó a los barones del petróleo para
ordenarles “traed ese petróleo a casa”.
Se refería al petróleo africano, y “casa”,
desde su punto de vista, no era Malabo.
Los
americanos esperan que el golfo de
Guinea les haga menos dependientes del
golfo Pérsico. Desean poder llenar sus
todoterrenos en Idaho sin tener la
incómoda sensación de que pueden estar
enriqueciendo a sus enemigos políticos.
Hasta
el 11 de septiembre, el presidente de
los EE.UU., George W. Bush, trató a
África como una especie de Bronx
internacional -incorregiblemente pobre,
negro y lleno de epidemias repugnantes.
Pero entonces sus consejeros pusieron
una serie de informes encima de su mesa
en los que se describía a Malabo como el
“Kuwait de África.”
En la
primavera de 2002, el grupo “Iniciativa
de la Política Petrolera en África”,
describió la región como de “interés
vital” para los Estados Unidos y
recomendó establecer allí una base
militar.
Robert
Murphy, de la Oficina de Inteligencia
del Estado resumió así la gran ventaja
del petróleo africano para los Estados
Unidos: “La mayor parte del petróleo
del oeste de África se encuentra en mar
abierto, lo que lo sitúa lejos de las
manifestaciones de malestar político o
social”. Quiere decir que el
petróleo puede enviarse directamente a
ultramar sin la necesidad de utilizar
canales o deltas complicados, y sin el
peligro de que algún grupo de liberación
atente contra las canalizaciones.
El
Presidente Bush desayunó con Teodoro
Obiang en el 2002. Hay una fotografía de
la reunión que Obiang hubiera querido
llevarse a casa, pero los responsables
de la seguridad nacional impidieron su
difusión. Su gobierno seguía siendo
demasiado desagradable para que la
administración Bush lo declarase
abiertamente su aliado.
Los
archivos del Departamento de Estado
contenían información sobre las “Fiestas
de Black Beach” que Obiang había
organizado durante la era Macías.
Pinchados con barras de hierro
candentes, los presos eran forzados a
bailar alrededor de un fuego durante
horas, cantando canciones de alabanza al
dictador.
Sin
embargo, ahora la administración Bush
está inmersa en su nueva “guerra de
terror.” En contra de las
objeciones de los grupos defensores de
derechos humanos, Bush prometió abrir de
nuevo la embajada de los EE.UU. en
Malabo.
Se
aumentaron las emisiones para África de
“La voz de América” creando nuevas
secciones. Los EE.UU. se proponen ahora
construir una base militar en el estado
isleño de São Tomé i Príncipe para
proteger el petróleo de este otro golfo,
mucho más favorable.
Mientras tanto, las plataformas
perforadoras destacan frente a la costa
de Malabo. Exxon, Amerada Hess (Triton),
Chevron, Marathon. Se han otorgado las
concesiones casi exclusivamente a
compañías norteamericanas. Las
conexiones petroleras de la
administración Bush son muy conocidas.
El anterior director ejecutivo de Triton
convirtió a George W. en multimillonario
vendiéndole el equipo de los Texas
Rangers. El embajador del anterior
presidente George H.W. Bush en Malabo
trabajó posteriormente como consultor de
la compañía Ocean Energy.
Según
el ranking establecido por
Transparency International, Guinea
Ecuatorial es una de las siete naciones
más corruptas del mundo. El índice de
confianza del país es tan bajo que
apenas es perceptible.
Esto no
se contradice con el hecho de que las
compañías petroleras, cuando se les
pregunta, destacan su colaboración con
el gobierno de Obiang.
Un
informe del senado de los EE.UU. de 2004
sobre el lavado del dinero reveló
detalles de los negocios petroleros de
Malabo. Según el informe, las compañías
petroleras han pagado parte de los
ingresos correspondientes a Guinea
Ecuatorial directamente a la familia del
presidente. En un momento dado, el
balance de las cuentas de Obiang en el
Banco Riggs en Washington ascendió a 700
millones de dólares.
Se
abrió una investigación sobre posibles
violaciones de las leyes contra el
lavado de dinero y el Banco Riggs tuvo
que pagar 25 millones de dólares de
multas.
Según
el FMI, los beneficios del petróleo
están siendo ingresadas ahora en cuentas
del BEAC (Banco Central de los Estados
del África Central). Hay otras cuentas
situadas en ultramar, controladas
directamente por el presidente.
Las
revelaciones del Riggs fueron
desagradables y forzaron a las empresas
petroleras a poner en acción toda su
maquinaria de relaciones publicas. Se
contrataron grupos de presión y
despachos de abogados para mejorar la
imagen del Presidente Obiang. Exxon
envió camiones llenos de medicamentos a
poblados de Guinea Ecuatorial. El
conglomerado energético, Marathon, lanzó
un programa para rociar cada casa de la
isla con insecticidas para disminuir la
presencia del mosquito del paludismo.
Las cuatro compañías aumentaron sus
aportaciones para “caridad” en una
cantidad estimada en 20 millones de
dólares. Es mucho dinero. Alrededor de
la cuarta parte del uno por ciento del
total de su inversión.
Para el
2015 los Estados Unidos esperan obtener
el 25 por ciento de sus importaciones de
petróleo del África subsahariana, lo que
superaría las importaciones del golfo
Pérsico.
Con
unas reservas estimadas de 1.77 billones
de barriles de petróleo, Guinea
Ecuatorial produce actualmente 403.000
barriles diarios. El país posee las
mayores reservas de petróleo per capita
en el África subsahariana.
En los
últimos años, Guinea Ecuatorial - en
esencia la propiedad privada del
presidente Obiang - obtuvo entre el 20 y
el 35 por ciento de los beneficios de
las compañías petroleras extranjeras. Es
poco si se compara con Nigeria y con
Angola. Pero algunas veces es mejor no
pedir demasiado. Especialmente cuando
eres el presidente de un país pequeño
con pobres, pero poderosos vecinos.
El
petróleo se bombea de pozos con
profundidades de hasta 1.300 metros
(4.265 pies) y se procesa en el mar. El
gas natural se lleva a Malabo, donde se
licua. Existen planes para desarrollar y
convertir a Guinea Ecuatorial en el
centro, en el Atlántico, de la industria
del gas natural. Marathon acaba de
terminar una instalación de licuación
del gas natural de 1.4 mil millones de
dólares. British Gas ha comprado la
totalidad de la producción de gas, o gas
natural líquido, para los próximos 17
años, y está construyendo dos cisternas
en Corea del Sur con el único fin de
transportar el gas natural líquido. A
comienzos del año que viene, la parte
del león, 3.4 millones de toneladas,
será enviada al lago Charles, en
Luisiana. Es una ruta muy transitada.
Algunas de las ciudades del delta de
Mississippi, en Luisiana todavía
mantienen nombres africanos. Allí era
donde se desembarcaba a los esclavos,
los esclavos de Malabo.
“Nosotros
no fotografiamos el coche del
presidente. Esto es Malabo, no
Washington, D.C.,” dice el ministro.
En Togo, un mercenario hizo explotar una
bomba con un dispositivo de mando a
distancia oculto en una cámara
fotográfica. El sistema utilizado puede
ser copiado por los poderosos de la
región.
El
ministro usa zapatos largos,
puntiagudos, y hechos de piel de
cocodrilo. Hay algo desagradable en
ellos. “Bueno, no hablemos más de
eso. El asunto está resuelto. ¿Le gusta
mi hotel?”
El
ministro Mba ha aplastado varios
intentos de derrocar al presidente. Como
recompensa, le permitieron construir un
complejo residencial a lo largo de la
Carretera del Aeropuerto, con oficinas,
un hotel asombrosamente costoso y con
seguridad 24 horas.
El
complejo se llama Paraíso. “El nombre
fue idea mía,” dice el ministro.
Suena su teléfono y desaparece en la
habitación contigua sin decir una
palabra. Cualquier persona que desea
hacer dinero en Malabo actualmente se
hospeda en el Paraíso. El aire en el
pasillo es frío y está saturado de humo.
En las pantallas planas de televisión
puede verse un partido de fútbol de la
liga inglesa. Un grupo de consejeros
militares israelíes, un representante de
una compañía que hace lanchas
patrulleras y James “Jaydee” Dale están
sentados en butacas en el pasillo.
Dale es
un general jubilado, un hombre
bondadoso, del sur de los EE.UU. que
representa al grupo denominado MPRI. El
MPRI es una de las agencias militares
privadas más grandes del mundo, y
trabaja generalmente en aquellos sitios
en los que el Pentágono quiere pasar
desapercibido. Éste es el lema del MPRI:
"Si trabajas para quienes crían
cochinos, tienes que ir a sitios donde
apesta".
Esto es
lo que ha traído a Dale a Malabo.
“Si
te peleas con el presidente, olvídate de
las reglas,” dice. El MPRI ha
trabajado para el Pentágono en los
Balcanes, en Irak y en Afganistán. El
Departamento de Estado ha contratado a
Dale y a su personal para que entrenen
durante un año a los guardacostas del
país para proteger las plataformas
petroleras.
Dale
está demasiado bien pagado como para que
nos proporcione más información. Su jefe,
sin embargo, dijo esto del régimen de
Obiang: “Tienen un expediente
bastante pobre en lo que hace a los
derechos humanos, pero eso le pasaba
también al gobierno nazi, y nos fue
bastante bien con Alemania después de la
Segunda Guerra Mundial.”
La
política de Washington es no enviar
consejeros militares oficiales a Malabo,
y dejar el trabajo a las empresas
privadas. Los EE.UU. llaman a esto una
política de “bajo perfil”. Su
nueva embajada es un edificio
residencial en el camino hacia el
aeropuerto con gallinas picoteando por
el patio. No hay infantes de marina,
sólo dos guardias locales y una simple
señal en la puerta que dice “Embajada
de los EE.UU., Guinea Ecuatorial”.
La oficial consular, Maureen McGovern,
es tan discreta que en las recepciones
la confunden muchas veces con la
niñera.
Es una
presencia discreta. El alquiler del
edificio se paga directamente al dueño.
Se trata del ministro de Seguridad
Nacional - el hombre con zapatos de piel
de cocodrilo.
La
multitud congregada en el hotel Paraíso,
formada por discretos consejeros
militares y por representantes de
vendedores de armas, tiene mucho que ver
con el elevado precio del petróleo, con
el líder terrorista Osama bin Laden y
con un envejecido Boeing 727 al que se
detuvo en marzo de 2004 durante una
escala en Harare, Zimbabwe. El avión
estaba repleto de sprays de pimienta,
palancas, mazos y mercenarios. Iba
camino de Malabo.
El
aviso llegó desde Suráfrica. Una
avanzadilla esperaba en Malabo.
Extrañamente, uno de los que financiaba
la operación tenía el mismo nombre que
la anterior primera ministra británica.
Era Mark Thatcher.
“Fue
una chapuza para derrocar a Obiang y
conseguir su dinero”, dijo un
diplomático en Berlín. “Aparentemente
hicieron los preparativos a partir de un
libro de Forsyth, es más, incluso
copiaron el nombre en clave”.
Margaret Thatcher pagó 165.000 libras
($313.062) de fianza para conseguir la
liberación de su idolatrado hijo. Los
demás mercenarios fueron condenados y
liberados recientemente, con la
excepción de un alemán llamado Gerhard
Merz, que murió en Black Beach tras
estar encerrado allí unos pocos días.
El
Ministro Manuel Mba sostuvo que un líder
de la oposición, exilado en España, era
el responsable de la tentativa de golpe
y exigió su extradición inmediata. Hoy,
hay muchos que consideran que el golpe
era una pantalla para reasignar las
concesiones petroleras.
A
cambio de su papel en el desbaratamiento
del golpe, al hombre de negocios
surafricano Tokio Sexwale, un icono de
la lucha contra apartheid, le
prometieron los yacimientos de petróleo
de la sección R, un área que había sido
reservada previamente para la compañía
petrolera francesa Total.
Al
final de la tarde, los hombres del
petróleo se sientan alrededor de las
mesas cubiertas con botellas de cerveza
vacías en el hotel Paraíso. Más
adelante, en el karaoke, uno de ellos
salta, completamente vestido, a la
piscina. Vienen del norte de Inglaterra,
de Croacia, de Houston y de Filipinas.
“Tengo
dos vidas,” dice Mark, un ingeniero
perforador de la compañía Marathon,
acompañado por una muchacha de ojos
melancólicos. Ha utilizado sus ganancias
en el petróleo para comprar una granja
en Yorkshire, con caballos para sus dos
hijas y rodeados por un seto donde los
mirlos hacen sus nidos.
En
Malabo, tiene siempre una chica
camerunesa en su habitación, toma muchas
pastillas contra la malaria y pasa tres
meses, todos los días de la semana,
trabajando en turnos continuos en la
plataforma. Dice: “Tengo problemas
para explicar mi vida aquí a las gentes
de mi país”.
La
mayor parte de los hombres que llegan
con Marathon van directamente del
aeropuerto a un complejo de la compañía
situado en la península de Punta Europa,
se trata de una especie de zona verde de
alta seguridad, con completo acceso
wi-fi de Internet donde hay señales que
establecen que la velocidad máxima es de
25 kilómetros/hora,bungaloes con aire
acondicionado y con servicio telefónico
local para las llamadas a Houston.
Cuatro
mil personas viven aquí, incluyendo
cerca de 1.000 americanos. Marathon
compró el terreno, unos 120 acres,
directamente del presidente. Tiene su
propio sistema de agua y de energía,
hospitales y supermercados. Los del
petróleo le llaman “Pleasantville”.
A pesar
de las comodidades, todos los
trabajadores cuentan los días que les
quedan para coger el “Houston express,”
un vuelo directo a casa. Pocas son las
personas que ponen un pie en el centro
de Malabo, situado sólo a unos pocos
kilómetros de distancia.
Malabo
se asienta como una gota de sudor sobre
su puerto, una colección de aletargados
edificios coloniales, chabolas hechas a
mano, bares de encuentro y las
ostentosas casas nuevas de la nueva
aristocracia surgida de la corrupción.
La ciudad parece arrastrarse hacia su
futuro a un paso de tortuga. En su
población de 50.000 habitantes, no hay
mendigos ni sonrisas.
Hace
solamente 15 años, la guía de teléfonos
de Malabo tenía dos páginas, ordenándose
solo por el nombre del titular. El único
hotel de la ciudad no tenía agua, ni luz,
ni cocina. Los coches eran raros y el
asfalto casi desconocido.
Hoy en
día hay Toyota aparcados delante de
casuchas, y los teléfonos móviles
exceden en número a los habitantes. Sin
embargo, la ciudad carece todavía de
agua corriente. Se han iniciado varios
proyectos de saneamiento, pagados con
ayuda exterior, que se han interrumpido
sin resultados visibles.
Se esta
construyendo en la parte vieja de la
ciudad, en el barrio español.
Prácticamente todo lo construido en
Malabo pertenece al clan de Obiang. La
respuesta estándar a “¿quién está
construyendo este hotel?” es “el
presidente.” ¿Y el dueño de este
fantástico y elegante edificio de
apartamentos? “Es de Hassan, el
hijo más joven del presidente.”
¿Y quién trae mecánicos desde Maranello
para mantener un Ferrari? “Teodorín,
el hijo del presidente y ministro de la
Agricultura”.
El
poder y la arrogancia se reflejan en los
todoterrenos desplegados delante de
edificios de oficinas con aire
acondicionado, en los oficiales de la
policía con gafas de sol reflectantes y
en sus látigos hechos con cables
eléctricos que utilizan para ordenar a
los pasajeros dentro del ferry.
Uno de
los pocos europeos que se siente cómodo
en Malabo es Jean-Louis Ecard, natural
de la región francesa de Borgoña. Ha
estado casado en cuatro ocasiones, se
enorgullece de su semejanza a Anthony
Quinn, en su última etapa, y dirige el
restaurante de Le Bourguignon situado en
el centro cultural francés.
“¿Pobreza? No te engañes,” dice. “La
gente vive en la inmundicia, pero tienen
coches delante de sus casas. Hay más
teléfonos móviles que residentes. Hey!”
Una rata marrón pasa corriendo y un
camarero la aplasta contra la pared. “Esto
es Malabo. No tiene nada en común con el
resto de África. ¿Has visto a alguien
sonreír aquí? ¿Ves? No les gustan los
extranjeros. Para ellos los blancos son
ladrones, misioneros u otro tipo de
insulto, desdeñan y golpean a los
inmigrantes”.
Ecard
ha vivido en Malabo el tiempo suficiente
como para que haya que escuchar con
atención sus palabras: “Aquí la gente
no está preparada para la democracia.
Los europeos deben tomar nota de lo que
hacen los americanos. Ellos si saben lo
que están haciendo. Lo único que les
interesa es su petróleo, no sus almas”.
Ecard
es un excéntrico. Casi nadie habla
libremente en Malabo, no mientras haya
una prisión en Black Beach con sus
cámaras de tortura. Algunos empleados de
las compañías petroleras han sido
devueltos rápidamente a sus países tras
criticar en cierta medida el régimen.
Incluso Pleasantville tiene
oídos. E incluso desde detrás de la
pared del monasterio, encima del puerto,
el padre superior cierra la puerta antes
de hablar diciendo que ha tenido que
pagar la fianza de demasiados monjes
para que salieran de Blac Beach. “Aquellos
que dicen la verdad acaban en la cárcel.”
Habla de aviones que caen y de los que
nadie puede hablar y de la isla de
Annabón, donde el gobierno está
enterrando basura nuclear a cambio de
mucho dinero.
“Hubo
una epidemia de cólera el año pasado.
Tuvimos que rezar día y noche, y
enterrar a los muertos. El gobierno
todavía niega que hubiese una epidemia,
eso ponía en peligro la oferta de ayuda
de España”.
El
monje dice: “La abundancia ha caído
en el país como una peste, sofocando la
economía local. No existen otros
valores. Todos los que disfrutan de ella
se consideran importantes. Nadie quiere
aprender, solo están interesados en
ganar dinero del petróleo”.
El
"principio del tanque de agua".
Es un
fenómeno que los economistas denominan “la
maldición de las materias primas”.
¿Por qué trabajar cuando el dinero nace
de la tierra? Ciudades enteras se
pierden en el letargo, la agricultura y
el comercio disminuyen hasta
prácticamente desaparecer y la sociedad
se convierte en un conjunto de
pensionistas y beneficiarios del
petróleo. Son los inmigrantes quienes
hacen el trabajo. La sociedad se ha
convertido en una burguesía a merced del
precio del petróleo, espectadores
pasivos de cómo petroleros navegan hacia
el oeste a lo largo del horizonte, al
igual que en Kuwait.
Y al
igual que en Kuwait, en los
supermercados de Malabo se venden huevos
importados de Holanda y carne de España.
El país dispone de sus propias fuentes
de agua, pero, sin embargo, el agua
mineral se importa de Portugal.
Obiang
prometió cooperar con el Banco Mundial,
y substituyó a algunos de sus parientes
en puestos del gobierno por
tecnócratas. Pero la capital, Malabo,
aún carece de agua corriente y de un
sistema eléctrico fiable, es más, no hay
un sistema de seguridad social digno de
mención. The Economist escribió
en su informe sobre el país que no
parece que Obiang tenga verdadero
interés en las reformas económicas más
allá de la retórica y del reforzamiento
de su imagen.
El FMI
ha recomendado a Obiang que establezca
un fondo de recursos similar al de
Botswana y de Noruega. El dinero
proveniente del petróleo se guardaría en
un fondo y se iría utilizando
sensatamente. Eso requeriría el software
de un estado moderno. Requeriría que los
ministerios funcionasen, garantías
jurídicas y transparencia y ningunas de
estas cosas existen en Malabo. Por
contra, la economía se basa en un
principio que se podría denominar "el
principio del tanque de agua". Los
bolsillos de los poderosos y de sus
familias están ya llenos y rebosan.
Algo de agua llega a la clase media, y
las primeras gotas llegan al fondo. Hay
coches aparcados incluso delante de
chabolas. Son simplemente moléculas en
la cadena de riqueza del país, pero
parece que es suficiente para mantener a
las personas contentas. La esperanza es
el arma más poderosa de la represión.
No
existe oposición de importancia. Severo
Moto, el presidente del Partido del
Progreso que huyó del país, y que se
encuentra ahora en Madrid, se ve
obligado a observar como Obiang es
recibido por la Comisión Europea con
todos los honores.
Por la
noche, la península de Punta Europa y
sus instalaciones modernas destacan como
una nave espacial naranja en medio de
los árboles. Un hombre con las sienes
canosas viene de Houston. Ha asistido a
importantes reuniones con Marathon y
Exxon, le gusta su trabajo y, por eso,
prefiere no revelar su nombre.
Comenta:
“Esto es el culo del mundo. Nuestros
jefes odian la corrupción, odian a estos
individuos y sobretodo odian su
protocolo. Tienen más personas
dependiendo de ellos que residentes hay
en el país. Vuelan a Houston en sus
jets. Pero cuando están aquí, se reúnen
con un ministro que puede cancelar las
negociaciones si alguien se atreve a
sentarse antes de que lo haga él o
descuida llamarle Excelentísimo.”
Están
los ruidosos tejanos, acostumbrados a
conversaciones burdas en los clubs de
música de su país. Están los militares
que parecen vestidos de ministros, están
los que han vivido la colonización y que
piensan en términos de las tribus Fang
y Bubi, atrapados en la red del
paternalismo.
Pero
ése es el trato. Lo que los tejanos
quieren es que les dejen en paz
mientras extraen, hasta 2032, la mayor
cantidad posible de recursos del
subsuelo y después salir de allí lo más
rápidamente posible. A cambio, el
régimen exige 25 centavos de cada dólar
y la garantía de que, también a ellos,
les van a dejar en paz, ningún golpe de
estado, ninguna intervención, ningún
discurso excesivo sobre los derechos
humanos. Y de vez en cuando una foto del
presidente con George W. Bush.
El
objetivo aquí es el dinero, no las almas.
Puede haber alguna mención a la
cooperación con funcionarios locales en
los informes de Marathon y Exxon. Pero
la amistad superficial enmascara una
realidad bien distinta. “El tejano
sabe, por supuesto, que el socio que se
sienta al otro lado de la mesa no es una
“excelencia,” sino “un hijo de
una perra.” En el fondo se desprecian a
si mismos. Unos y otros se desprecian. Y
todos saben lo que en realidad piensan
los unos de los otros".
No
tiene ningún sentido. Unos son de las
islas de esclavos mientras que los otros
son los descendientes de los dueños de
las plantaciones: amo y esclavo, blanco
y negro, agua y aceite".
[http://www.spiegel.de/international/spiegel/0,1518,434691,00.html]
Editado y distribuido por ASODEGUE
|